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Adrián Cormillot: “Siempre tuve espíritu punk”

Jura que de niño lo avergonzaba la fama de su padre pero al final no dudó en seguir sus pasos y convertirse también en toda una autoridad en medicina nutricional. En esta nota habla de su infancia, de su rebeldía, de sus eternas peleas con las empresas de alimentación y de su eterna pasión por la música.

lunes 20 mayo, 2019
Adrian Cormillot
Adrian Cormillot Foto:José Tolomei

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Se incorpora, gesticula, habla de corrido y remata con una sonrisa o quizá una mala palabra. Su pasión y vehemencia son evidentes a cada minuto, y ese combo es en parte lo que lo ha traído hasta acá, a un camino marcado por la medicina, sí, pero también por la comunicación. ¿Eligió el mismo derrotero de su padre, el célebre Alberto Cormillot? Sí y no, ya que aunque ambos comparten gran parte del trabajo, lo cierto es que Adrián buscó especializarse más en la prevención (y no tanto en el tratamiento) de trastornos asociados a la alimentación. Obesidad pero también bulimia y anorexia son términos recurrentes en él, tanto en la televisión (hoy está en la pantalla de Net, al frente del reality Cuestión de Peso) como en su vida diaria. Padre de las mellizas Abril y Zoe, de 18 años (ambas fruto de su primer matrimonio) y de la pequeña Ema, de 8, junto a su actual pareja, dice que el destino es sabio y que jamás podría haber sido papá de un varón. “Los veo jugar en el pelotero y me desespero, todo es a los golpes y a los gritos. Yo mismo era así de chico. En cambio las chicas tienen una paz mucho más profunda, son más reflexivas y contemplativas. Me encanta esa energía, creo que la de un varón me hubiese descolocado”, afirma.

-Hablando de infancias, ¿te pesó alguna vez tu apellido?

-Siempre, todo el tiempo. Para bien y para mal. De chiquito me molestaba mucho la fama de mi padre, no la disfrutaba para nada. Él en cambio siempre se regodeó con eso, nació para ser famoso. A mí me daba vergüenza que salude a todo el mundo adonde fuéramos pero después de mucho tiempo yo mismo decidí meterme en la tele así que ahí se acabaron los reclamos. Me hago cargo de mi decisión.

-¿Y te amigaste nomás con el hecho de ser conocido?

-No demasiado. Me encanta transmitir y comunicar pero aun hoy no me gusta andar por la calle y que me reconozcan. Preferiría ser una persona completamente anónima. Antes de ser conocido yo era de los que suben a una silla a bailar en una fiesta. Ahora eso no lo hago más, me mido y me restrinjo como nadie.

-“Matar al padre” es una figura central en el psicoanálisis para hablar del momento en que buscamos liberarnos de la tutela progenitora. ¿Cómo fue en tu caso ese proceso?

-Bueno, trabajo en la Clínica Alberto Cormillot así que tan radical no fue… (ríe). Pero hablando en serio, yo siento que siempre fuimos muy distintos con mi viejo. De pibe yo era un bardo total, bastante rebelde y salidor. Me gustaba mucho el punk, era mi principal pasión.

-¿Ibas a muchos recitales?

-Uff, sí. Y lo sigo haciendo. Fui a ver Los Ramones más de diez veces, también a Los Violadores, Attaque 77, Motorhead, Bersuit, Los Piojos… En Cemento Chabán me veía y me decía, “pasá pibe”. Era el típico rotoso, con borcegos y pelo largo… Siempre tuve ese espíritu punk. Que a su manera lo mantuve en el tiempo, con el programa de radio (N de la R: era columnista de Casi Famosos, por la Rock&Pop), con mis amistades del mundo de la música…

-¿Y no desarrollaste nunca alguna veta artística?

-Me encanta la música y cuando tuve que elegir un instrumento, me incliné por la armónica y la flauta dulce. Ideal para que me hagan bullying, ¿no? (ríe). Fuera de broma, hace poco descubrí que tengo oído semi abolsuto, puedo sacarte cualquier canción en una primera escucha. En serio, vos me pones tal tema y te lo toco con la flauta. Por qué no habré elegido la guitarra, ¿no? Hoy podría ser una especie de Steve Vai… (ríe). Hace poco los chicos de Kapanga, con quienes tengo una amistad de años, me invitaron para que suba al escenario en su próximo recital a tocar con ellos. Me parece que esperan que lo haga con la armónica, pero yo ya tengo preparada la sorpresa de la flauta…

-¿Qué otros amigos músicos tenés?

-Mi cuñado en primer lugar. Es muy loco porque cuando conocí a mi actual mujer me dijo que su hermano era músico pero que no lo iba a conocer. Y resulta que era Javier Campiano (o Kanario), el cantante de Plan 4, banda de metal que fui a ver desde sus inicios. También soy amigo de los chicos de Octafonic y de Lula Bertoldi, de Eruca Sativa. ¡Y de Hernán Cattáneo! Soy muy ecléctico, puedo pasar de un recital de metal, a una rave y de ahí a un show de trap. Hace poco fui a ver a Kidd Keo, por ejemplo, un trapero español que la rompe. Mi cuñado se pone loco cuando le hablo de este género, pero a mí me encanta.

-¿Vas así vestido a esos recitales?

-No, ahora porque estoy trabajando pero sino soy de estar siempre en remera, bermudas y gorrita. Ojo que no uso gorrita ahora porque flasheo que soy Facundo Arana y no quiero que me reconozcan. La usé toda mi vida.

-¿Te cuesta la adolescencia de tus hijas de 18?

-Ya estoy curado de espanto. Es como que le preguntes a un tipo que nació en Irak si le tiene miedo a la guerra. Ya llevo más de cinco años de conflictos adolescentes. La verdad es que el diálogo siempre fue muy fluido entre nosotros. Creo que ahí corro con una ventaja: trabajé toda mi vida con chicas adolescentes con trastornos de bulimia y anorexia, problemáticas que necesitan sí o sí un abordaje integral. Por eso trabajamos con psicólogos y psiquiatras y en mi consulta de habla de todo: salidas, fines de semana, novios, drogas, alcohol… Incluso incorporo los posteos de sus redes sociales.

-Hace poco Candelaria Tinelli, hija de Marcelo Tinelli, hizo un post donde habló en primera persona de bulimia y anorexia. ¿Creés que suman ese tipo acciones?

-Creo que ayudan a visibilizar un problema muy grave y existente y en ese sentido, fue muy valiente y alentador lo que hizo. Dicho esto, lo que no sé es si el post salió de un ataque de ansiedad o algo por el estilo o si realmente provino de un trabajo conjunto con sus terapeutas que le sugirieron hacerlo. Si está hecho con asistencia, genial. Sino, puede ser riesgoso.

-¿Se intensificaron este tipo de problemáticas con las redes sociales?

-Las potenciaron, pero ojo que los programas de televisión y los grandes medios nos muestran chicas con cuerpos irreales hace muchísimo tiempo. Hoy es común ver a una chica que fue madre y a las pocas semanas ya está bailando por un sueño semi desnuda con una micro bikini. Eso refleja al 0,1% de la población. Lo que trajeron las redes es que mucha gente que no es conocida entró a ese mismo código que antes manejaban sólo las famosas. Muchas veces me muestran fotos mis hijas y me dicen: “mirá el lomo de esta piba, mirá esas abdominales” y yo enseguida las tengo que bajar a tierra. “Eso es una característica genética, no es para cualquiera”. Hoy, encima, en redes cualquiera habla de nutrición y de fitness, lo cual es muy peligroso. Es parte de lo que hay que seguir de cerca y combatir.

-¿Tu mujer a qué se dedica?

-Trabaja en una multinacional agroalimentaria, en el departamento de Recursos Humanos.

-¿Se conocieron trabajando?

-No, nos presentaron amigos en común, cuando ella trabajaba en otra empresa. Ahora apareció una especie de conflicto de intereses ya que yo soy supuestamente el que tira bombas contra las empresas de alimentación... (sonríe).

-¿Sólo supuestamente o en efecto es así?

-Digamos que ya me amigué con las empresas. No fue por mi mujer, eh, en realidad fue algo que sucedió hace bastante. Diez años exactamente. Todo arrancó cuando mi viejo organizó una reunión con los representantes de la multinacional más importante de alimentos. Vinieron acá a la clínica y yo me aparecí de repente con todo mi espíritu fundamentalista que realmente no tenía razón de ser. Pero yo me sentía que era Sid Vicious y que adelante mío estaba Donald Trump. La reunión fue un desastre y cuando terminó mi viejo me miró y me dijo: “gracias, pero no vengas más”. A partir de ahí comencé a reflexionar en soledad y me di cuenta de algo elemental: no se pueden lograr cambios importantes sin la acción de los privados. Hay que transar y contar con las empresas para hacer políticas de salud.

-¿Las publicidades engañosas te siguen enojando?

-Sí, ahí no cambié, cada vez que me cruzo con alguna me enojo y trato de enfrentarla. Muchas veces, de hecho, tuve la posibilidad de decirle en la cara a tal o cual representante de una marca que su publicidad era un engaño total. Me molesta la trampa. Ahora hay una de una leche chocolatada que es fatal. Igual que la de esa gaseosa que decía: “destapá placer”. Los creativos suelen ser muy guasos y cínicos, siempre van a tratar de estirar el límite de la trampa lo más posible. Ante eso no hay más remedio que una importante regulación de parte del Estado. Al igual que sucedió con el cigarrillo, estoy convencido de que el día de mañana no se podrá vender a menores o mostrar una hamburguesa de cuatro pisos sin por lo menos un cartel que diga “esto es perjudicial para la salud”.

-¿Dejás en algún momento de pensar en estas cosas?

-No. La verdad es que mi cabeza no para nunca. El otro día iba por avenida Lugones y grabé en voz alta todos los anuncios alimentarios que veía. Después llegué a casa e hice la cuenta de la cantidad de grasas y calorías que había en ese recorrido visual. El Estado debería promocionar y subvencionar el consumo de alimentos naturales y saludables. Acá se habla del tomate sólo para referirse a la inflación. Es muy sutil pero súper sintomático. Volviendo a tu pregunta, sólo me relajo cuando puedo hablar de esto. Cuando te lo cuento a vos, a una audiencia o a quien sea. Mi mujer pobre ya está un poco harta, pero igual me escucha, me tiene una paciencia de santos… (risas) -

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