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Eduardo Sacheri: “Hemos sobredimensionado al fútbol. Y eso me fastidia bastante”

Amante de de los mundiales, afirma que deberíamos bajarle un cambio a nuestras pasiones más tribuneras. Además, nos abre las puertas de su mundo más privado: su mujer, sus hijos, la escuela y el barrio.

lunes 16 julio, 2018
Eduardo Sacheri
Eduardo Sacheri Foto:José Tolomei

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Nos recibe con Tequila, pero no se trata del famoso destilado mexicano sino de su perra bóxer, la tercera ya en una larga dinastía de bóxers amados por toda la familia Sacheri. “Mi hermano es veterinario y me dijo que era una raza ideal para cuando tenés hijos chicos. Y tenía razón”. Estamos en Castelar, en su casa y hábitat natural, donde hace años vive con su mujer Gabriela y sus hijos Francisco (21) y Clara (17). Escritor y lector empedernido, profesor y licenciado en Historia, narrador, apasionado del fútbol, la charla y los amigos, Eduardo es un entrevistado ideal para estos tiempos, tan necesitados de gritos y festejos como también de silencios e introspección.

-El fútbol, y en especial los mundiales han sido muy significativos en tu obra y en tu vida. ¿Los seguís viviendo de manera especial?

-Sí, aunque también me resulta indefectible pensar en todo lo que no me gusta de los mundiales de ahora. En realidad es algo que excede al torneo y que tiene que ver con la manera en que hemos sobredimensionado el fútbol a todo nivel. Es algo que me fastidia bastante. Yo me crié pensando que el fútbol era un juego muy lindo y disfrutable, pero no el centro de la vida ni de ninguna sociedad. El lugar que se le da hoy es totalmente desmesurado. Y los mundiales, lejos de ser la excepción a esa regla, son su comprobación máxima, su epítome.

-¿No es casi indefectible que suceda algo así? Al menos en Argentina...

-S lo comparo con lo más lejos que tengo a mano, mi niñez, la verdad es que no siento que hoy seamos más hinchas del fútbol que entonces. No es que nos gusta más ahora que antes, el problema, creo, es que nos hemos embrutecido en nuestra capacidad de interesarnos en cosas múltiples. Nos hemos simplificado. Cuando yo era chico, el fútbol estaba lejos de ocupar el 70 por ciento, o más, de las noticias de cada lunes de la semana.

-¿Tenés algún atisbo de explicación para ese cambio?

-No, pero es evidente que en las últimas décadas el fútbol se ha vuelto un fenómeno global, comunicado globalmente. Y en ese tránsito se ha contagiado de la lógica de los medios, sobre todo de la televisión. Y el problema es que ahí la simplificación y el trazo grueso están a la vuelta de la esquina. ¿Es razonable que varios canales de televisión se pasen tardes enteras con tipos vociferando a cámara? No. Que un canal lo haga, que dos…. Ahora que lo haga un conjunto enorme, todos los días… El tema es que evidentemente al público le gusta, o se deja ganar por la inercia, quién sabe.

-Aun con esta mirada crítica a cuestas, aceptaste trabajar en dos envíos televisivos de fútbol (La pasión según Sacheri y Estudio TNT Mundial, ambos por TNT Sports), ¿por qué?

-Es que el fútbol no dejó de ser una gran materia de discusión, de charla. El tema es cómo lo abordás. Si a mí me hubiesen propuesto sumarme a un ciclo de polémicas mi respuesta hubiese sido no. Creo que se trata de dos propuestas bien distintas. En el debate posterior a cada partido, por ejemplo, estaré con gente muy interesante (N de la R: Martín Caparrós y Hernán Casciari, entre otros), a la que le gusta analizar el fútbol pero desde diversas perspectivas, incorporando la duda, la incertidumbre… Y en el otro, la verdad es que casi no hablamos de este deporte. Mejor dicho, depende del entrevistado. Con (Marcelo) Tinelli claro que la charla fue por ahí porque es futbolero y dirigente de un club… Pero con Miss Bolivia o Claudia Piñeiro hablamos de mil otros temas. La verdad es que en general a mí el fútbol me interesa mucho más como juego que como espectáculo. Incluso pensándolo desde la literatura.

-Es curioso porque muchos cuentos de fútbol también han mirado al “espectáculo”, a la tribuna…

-Mirá, si pienso en lo que para mí son los dos más grande autores de literatura futbolera te diría que no tanto. En las historias de Osvaldo Soriano los protagonistas siempre son los que juegan. Y si bien es cierto que en la habitual multiplicidad de Fontanarrosa el hincha aparece, lo hace desde un lugar “real”, bien de carne y hueso. No se trata de hinchas de televisión. Lamentablemente, la tevé ha colaborado mucho en el despliegue de la cultura del aguante. Algo que no me representa en nada.

-¿Tampoco te acercaste a ese “cultura del aguante” de pibe o adolescente?

-No. Cuando Independiente salió campeón de la Libertadores en el ‘84 fui a la cancha con dos amigos, uno de ellos hincha de Rosario Central. Eso ya te dice bastante: no íbamos a ver sólo a nuestro club, una final importante también nos convocaba. Al final de ese partido, nos quedamos festejando cerca del estadio. Y de repente apareció una horda de barras, repartiendo piñas y robando a quien tuvieran adelante. Y recuerdo patente la sensación de decirme a mí mismo: yo no tengo nada, pero nada, que ver con estos tipos.

-Fuera del fútbol, ¿con qué ocupás tu tiempo libre?

-Leyendo. Todo lo que pueda. También miro series y películas pero la lectura me resulta imprescindible. Y me encanta.

-¿Escribís todos los días?

-Lo intento.

-Hay una frase muy antigua, algunos se la atribuyen a Renata Adler, que dice que en el fondo un escritor es alguien que odia escribir... ¿Coincidís?

-No diría tanto, pero sí es cierto que la escritura tiene muchos momentos frustrantes. Y quizá sean la mayoría. A una novela, por ejemplo, yo le dedico dos años en promedio y sólo en el último tramo la cosa empieza a fluir. Me levanto, escribo, conozco los personajes, puedo cortar y seguir… El resto del proceso la escritura es más un campo de batalla. Meses de frustraciones, entorpecimientos, dudas y retrocesos.

-¿Se lo mostrás a alguien a lo largo de  ese proceso?

-No. Necesito que esté muy cocinado para empezar a darlo a leer.

-¿Incluso a tu mujer?

-Incluso a ella.

-Ambos trabajan en la casa, ella como psicóloga y vos escribiendo. ¿No se mezclan las áreas?

-(Piensa) No, y aunque suene paradójico, la verdad es que no solemos llevar, o traer, el trabajo a casa… (sonríe). Lo que pasa es que nosotros nos conocemos de toda la vida. Nos pusimos de novios en quinto año, imaginate. Fuimos creciendo juntos en casi todo.

-¿La “explosión Sacheri” no fue un cimbronazo para la pareja?

-Supongo que en algún punto nos afectó a todos, incluida la familia. En algunos aspectos de manera positiva y en otros no tanto. Ahora, por ejemplo, yo viajo mucho más que antes, entre dos y tres meses al año me la paso afuera. Y eso se siente. La exposición es otro tema. Es una situación un poco extraña ir a cenar con mi mujer y que me pidan una foto. Lo mismo cuando voy a la cancha con mi hijo… Pero creo que todos nos hemos concentrado en el lado positivo del asunto, que se trata de cariño y que económicamente todo este proceso fue muy bueno para nosotros.

-Te casaste con tu novia del secundario, no suele ser lo más común eso…

-Sí, lo sé.

-¿Y cuál es el “secreto” para un matrimonio tan duradero?

-No lo sé. Supongo que la paciencia. De parte de los dos, claro. Y la suerte también juega su papel.

-En tu obra otro de los temas muy presentes es la amistad. ¿Quiénes son hoy tus amigos?

-Mis mejores amigos son lo que hice estudiando Historia, tanto en el profesorado, en Morón, como en la Licenciatura, en Luján.

-¿Querías ser profesor o historiador?

 -Un académico, ciento por ciento. Quería meterme a un archivo a investigar y dar sólo clases esporádicas, a estudiantes de la facultad. No iba a pisar un aula secundaria jamás en mi vida. Ese era mi plan.

-¿Y qué pasó?

-La vida me obligó a cambiar. Primero porque esas clases se transformaron en el sostén de mi familia durante mucho tiempo y segundo, y fundamental, porque encontré muchísimo en esas aulas. Aún hoy disfruto mucho de la dinámica de una clase.

-¿Ves muchos cambios en los chicos de hoy?

 -(Suspira). Indudablemente, hoy los chicos entablan vínculos muchos más horizontales que antes. Hace unos 20 años la distancia con el profesor estaba prácticamente asegurada. Hoy no. Yo no pretendo generar verticalismos pero soy consciente de que estamos ante una relación asimétrica. Quizá soy muy clásico en eso, pero no somos pares, el que sabe historia soy yo. Y soy el adulto, el que pone las pautas. Lo cual no significa que no contemple los deseos, las preferencias de los alumnos. Al contrario, es casi vital hacerlo. Los vínculos afectivos con los alumnos no alcanzan por sí solos pero a la vez son imprescindibles.

-¿Viste la serie Merlí?

-Vi unos capítulos pero no me entusiasmó demasiado. Me dejó con la sensación de que los guionistas no pasaron por la escuela secundaria…

-¿Qué les sucede a tus alumnos con el hecho de tener a Sacheri en el aula?

-A algunos les llama la atención verme ahí. Pero es algo que sucede y finaliza en la primera clase, enseguida se disipa. Si hay una lección que me dejaron estos 20 años de docencia es que cualquier papiro o ventaja que traigas de afuera, no sirve de nada en el aula. Todo debe validarse ahí, siempre.

-La última, ¿creés que podrías dedicarle alguna vez un cuento a Messi como ya le hiciste a Maradona (Me van a tener que disculpar)?

-Sí, pero no mientras Messi juegue. Por mi manera de escribir, necesito salir de la coyuntura y dejar que las cosas se relajen. Necesito poder verlas en el espejo retrovisor. Ese texto de Maradona lo escribí en 1996, cuando Diego era prácticamente un ex jugador y ya se podía entrever lo que vendría después. Pero necesité del tiempo para hacerlo. De la pausa, de la historia... Como siempre.-

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