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Entrevistas El “Rey de la Soja”

Grobocopatel: “En terapia me la paso hablando del amor”

El “Rey de la Soja” comparte sus visiones sobre su fortuna, la era Macri y la vida en pareja.

viernes 19 enero, 2018
Gustavo Grobocopatel
Gustavo Grobocopatel Foto:José Tolomei

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“Trabajo de esto, de firmar”, dice Gustavo Grobocopatel con una sonrisa apenas perceptible mientras imprime un garabato muy ligero en las hojas que le acerca Ariel, uno de sus asistentes. La realidad, claro, está bien lejos de esa escena minimalista ya que Gustavo se ha transformado con los años en un referente indiscutible del agro argentino. Junto a su empresa, Los Grobo, factura más de 50 millones al año y explota unas 50.000 hectáreas de campo. “Con el mote de rey de la soja aprendí a convivir hace tiempo. Pero no me representa en nada”, sentencia hoy y acto seguido ofrece otra pista de su sentido del humor. “Soy el nieto mayor y el primer profesional de mi familia. En casa soy rey mucho antes de que los periodistas lo hayan sentenciado”, comenta y ríe. Con estilo campechano, se definirá de varias maneras a lo largo de la charla, tratando de encuadrar una personalidad que no acepta muchas etiquetas. Hombre de campo sí, pero también de ciudad, que ama la música (hace años que se perfecciona en canto lírico) y el cine y que tiene su tarjeta SUBE al día. “No tengo chofer y viajo muchísimo en colectivo y subte”, perjura.

-¿Cuál dirías que ha sido tu principal aporte al campo en todos estos años?

-Es difícil de contestar, pero creo que la conceptualización, la forma de organizar de manera eficiente un proceso productivo, fue algo muy importante. Creo que allí está mi aporte más innovador. Lograr un progreso ordenado requiere de un ida y vuelta constante entre la ideas y las acciones, entre la conceptualización y la realización.

-¿Vos sos un hombre de ideas o de acción?

- Creo y espero ser una mezcla de las dos cosas. No es fácil habitar esos dos mundos. Hasta ahora, creo que he resuelto bien esa tensión, por decirlo humildemente. Viajo, me intereso por nuevos estudios y enfoques y mantengo mucha interacción con el sector académico, tanto de acá como del extranjero. Y a la vez me gusta mucho ir al campo, conversar con la gente, los productores… Tengo una relación muy cercana con ellos. Hay algo que he comprobado en todo este tiempo y es que hay una cultura común en todas las zonas rurales del mundo.

-¿Como es esa cultura?

-Muy vinculada a las acciones, a la practicidad. El hombre de campo es resolutivo por naturaleza. Y muy solo, le cuesta socializar. No le gusta reclamar, pero tampoco dar.

-Imposible no asociar esa idea a los diversos conflictos por las retenciones al agro. Para empezar, el recordado paro de 2008…

-Sí, lo que pasa es que ahí no había mucha discusión posible. Es como si hoy te dijera que de tu sueldo te voy a sacar el 80%. Y… por lo menos vas a estar incómodo con esa resolución... Si encima lo que te doy a cambio de eso son bienes públicos de bajísima calidad y además, te puteo, ya es como mucho ¿no?

-¿Estás más esperanzado con este gobierno?

-Sí. La frase que más me representa con respecto a esto es: “estamos mal, pero contentos”. Quizá nos va peor que antes, pero vemos que hacia adelante se está forjando un país que estará más integrado al mundo, con mayor progreso, inclusión, equidad... Hoy pienso que mis hijos y nietos pueden llegara a conocer un país mejor. Hasta hace dos años la repuesta era categórica: no.

-¿Y hasta cuánto se puede extender ese margen de optimismo? ¿Cuándo deberías ver las mejoras concretas?

-Son cosas muy sistémicas que pueden llevar mucho tiempo. Hay cosas que se manejan por cierta objetividad y otras que no. La felicidad, por ejemplo, tiene que ver más con las expectativas  que con la realidad. Incluso sabemos de muchas sociedades, como las escandinavas, que tienen altos índices de tristeza con estándares económicos muy buenos.

-¿Vos sos un tipo feliz?

-Sí, a veces soy extremadamente feliz. La verdad es que tengo una matriz muy optimista, aunque  como decía Oscar Terán, un filósofo de mis pagos, optimismo y pesimismo son sentimientos un poco pavos. Te diría que soy un tipo con esperanza. Y con entusiasmo. La primera es una actitud a largo plazo, la segunda es más cotidiana. 

-¿Te interesa la política?

-Yo creo que hago política todo el tiempo. Pero soy inepto para la función pública. No tengo la paciencia necesaria para eso. Es otra lógica que la privada. En el ámbito privado tengo cuatro accionistas, en el público tendría 40 millones…  Es algo infinitamente más complejo.

-Fuiste formado en la educación pública, ¿te interesaría aportar en un área como esa?

-Fui a primaria, secundaria y universidad pública y estoy en permanente contacto con temas e iniciativas relacionadas a la educación. Además fui docente muchos años. Hoy creo cada vez más en una educación no formal y para toda la vida. Me parece que el aprendizaje trasciende el aula y que debe ser permanente, no sólo en los primeros años de tu vida. 

-¿Para vos se tiene que mantener la gratuidad de la UBA?

-Me parece que es fundamental la educación pública. Creo en la creación de bienes públicos en torno a la educación, la salud, la seguridad… No puede haber inclusión real  si esas áreas se dejan libradas al mercado. Pero una cosa importante: si la educación no es de buena calidad, no es pública. En Argentina lamentablemente, hemos sido testigos de una pauperización de esa educación. Y por ende, a una “despublificación” de la misma.

-Alguna vez dijiste que te gustaría ser presidente si te eligen de manera automática y por mayoría, salteando toda carrera política…

-Fue un chiste, que después se amplificó. Lo que quiero decir es que ya tengo 56 años, estoy doblando la curva… Ya hice muchas cosas en mi vida de a poco, no podría hacer otra más… Ojo, no quiere decir eso que no tenga el deseo de apoyar y sumar para mejorar áreas públicas. De hecho lo hago, pero desde afuera.

-¿Sos asesor del gobierno?

-No diría tanto. Soy miembro  del Consejo de la Producción y me mantengo cerca, ayudando en todo lo que pueda.

-Tu hijo Rosendo sí es funcionario (es asesor de Marcos Peña)…

-Sí, y estoy muy feliz con eso. Lo veo discutiendo acaloradamente con sus compañeros, todos veinteañeros como él, y me agarra cierta emoción. Creo que se está forjando una nueva generación de políticos que va a cambiar la Argentina.  No me refiero sólo a Cambiemos, en La Cámpora creo que también hay muchos jóvenes con ganas de transformar las cosas.

-Decías recién que andás siempre por la calle y utilizás transporte público. ¿Nunca tuviste miedo de sufrir robos o ataques?

-No. ¿Qué me puede pasar? Mi mamá, una típica mamele, siempre anda preocupada por eso. Tiene 78 y está super lúcida. Bah, como dice Landrisicina, está perfecta, pero mejor no le levantes el capó… (sonríe). Hace 58 años que está casada con mi viejo, productor agropecuario como yo.

-Vos estás divorciado, ¿y soltero?

-No, ahora estoy en pareja. Pero no es conocida y la quiero preservar.

-Dentro de la categoría “conocidas”, saliste con la periodista Cristina Pérez. ¿Cómo quedó tu relación con ella?

-Muy bien. Yo guardo un gran cariño por ella. Y una importante admiración también. 

-¿Dirías que es distinto el amor ahora, a tus 56?

-Uff, qué pregunta. Gasto mucha guita en terapia hablando del amor… Yo creo que la pareja es una construcción cotidiana. Después el shock inicial, llega lo más difícil, el ladrillo por ladrillo. Con los años, claro, las prioridades van cambiando un poco. Yo hoy disfruto mucho de mi libertad y por eso me cuesta muchísimo ceder los espacios, entregarme al amor…

-¿Te cuesta convivir?

 -No, eso a esta altura ya lo tengo directamente prohibido (ríe).

-¿Creés que te ganaste muchos enemigos en todo este tiempo?

-No, quizá haya gente que no me conoce y que se deja llevar por tal o cual. Pero creo que he tratado a todo el mundo con muchísimo respeto. Siempre. Incluso a los ambientalistas. Entiendo su punto de vista, no lo comparto pero tampoco perjuro que yo tengo la verdad revelada.

-¿Aceptás entonces que la soja transgénica puede ser  perjudicial para la salud y/o para el medio ambiente?

-Puede ser, sí. Es algo que se investiga desde hace 30 años más o menos. Y si en ese momento todos hubiésemos aplicado el principio precautorio de “ante la duda no hacer”, la humanidad tendría hoy más hambre. Y la Argentina, muchísimos más problemas.

Pablo Steinmann

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