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Maxi Trusso: “Hoy no hace falta ser músico para hacer canciones”

Creador de muchísimos hits, comparte acá su mirada de un mundo convulsionado por los cambios y los millennials. Además, repasa su juventud en Europa, su experiencia junto los Rolling Stones, los picados con Robbie Williams, su relación con la moda y su eterno desarraigo.

viernes 19 octubre, 2018
Maxi trusso
Maxi trusso Foto:José Tolomei

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Su biografía cuenta que arrancó con la música a comienzos de los ‘90, entre Italia e Inglaterra, dos países con los que siempre mantuvo relación. Hijo de padre italiano y madre argentina, supo hacerse un nombre en Europa gracias al dúo de electro pop Roy Vedas, con el que compartió escenarios con bandas como Madness, Pulp y Blur. En Estambul, Turquía, teloneó nada menos que a los Rolling Stones. Paradójicamente, ese recital marcó el inicio de una nueva etapa solista, para la que decidió volver a su país, en plena crisis de 2001. “Sentía que tenía que estar acá”, dice simplemente. Si bien siguió viajando, en esta ciudad grabó sus dos primeros discos que cosecharon buenas críticas pero una prudente repercusión. Su salto a la fama y a la popularidad llegó varios años después, cuando le puso su voz al hitazo de Poncho, Please me. “¿Quién es este muchacho que canta en inglés?”, se preguntaron muchos y la curiosidad le jugó a favor: su siguiente álbum S.O.S. se convirtió en un éxito absoluto, con hits como S.O.S. (Same Old Story), Nothing at all y Nobody’s lonely. Hace algunas semanas volvió demostrar que no tiene ningún prurito con la masividad al cantar varios de sus temas en la siempre convocante apertura de Showmatch. “Tinelli te puede gustar o no, pero representa a muchísima gente. Para mí no dejó de ser una linda posibilidad mostrar mi música ahí”, sentencia.

-¿Y sos de mirar su programa? ¿Qué cosas ves en televisión sino?

-La verdad es que cada vez veo menos tele. Siento que todos nos pasa un poco lo mismo, ¿no? Quizá la volví a encender un poco más con el Mundial pero después volvió a su estado natural de apagado.  Veo cosas por Netflix, Youtube… ¡Entro a Instagram! La nueva televisión es esa: las redes sociales. Hoy pasa todo por ahí.

-¿A quiénes seguís en las redes?
-Sigo muchas cuentas del mundo de la moda, a algunos amigos de la música y a varias influencers también… En el fondo, son todas boludeces... (ríe) ¿Ves? Es como la televisión. Nada de lo que veas ahí te va cambiar la vida. Pero te mantiene en sintonía con el mundo, lo cual es importante.

-¿Y sos de subir muchas fotos tuyas?

-No. Me parece medio plomo eso de mostrar tanto. Siento que las redes le quitan cierto misterio a la vida de un artista. Cuando yo tenía 16 años me acuerdo que en las radios sonaba You got it, de Roy Orbison, un tema que no era fácil de encontrar, ni de obtener información sobre él ni de su cantante. Y eso me gustaba mucho, me parece que estaría bueno recuperar algo de ese espíritu de búsqueda en la música. Las mejores cosas no suelen ser las que están al alcance de la mano. Más bien al contrario.

-¿De chico qué otros artistas te gustaban?
-Uff, muchos. Duran Duran, cuando todavía no lo pasaban tanto en las radios. Michael Jackson siempre me gustó, aunque me empalagaba un poco. R.E.M. fue otra de las bandas que más me marcó.

-¿En Europa cambiaron tus gustos?

-No tanto. Lo que sí me pasó al llegar allá fue toparme con mucha gente que estaba en una búsqueda más profunda que la que veía acá. En general, siento que los países emergentes se comen más el verso del marketing. Allá era más genuina la movida, tanto en Italia como en Inglaterra.

-En Italia formaste un dúo, Roy Vedas, con el que llegaron a telonear a los Rolling Stones..

-Sí, fue gracias a haber fichado en una discográfica grande. Una mezcla de suerte, trabajo y mucha insistencia. De tanto insistir cada tanto la metes en el aro... (sonríe).

-A tu ex compañero de aquel dúo, Francesco Di Mauro, ¿lo seguís viendo?

-Sí, cada tanto hablamos. Ahora se dedica a la publicidad. Siempre fue como un outsider de la música. Antes de Roy Vedas trabajaba como productor, había hecho varios laburos con Lisa Stanfield. Un loco lindo.

-¿Vos también te sentís un outsider de la música?

-(Piensa) Más o menos. Hoy la música y el arte en general se encaran desde otro lugar. No hace falta ser músico para hacer canciones. Hay mucha más libertad en ese sentido.

-¿Eso es bueno o malo?

-Para mí es bueno. Hoy el mundo es así, está abierto a la creatividad absoluta, al crossover de ideas, de géneros, de rubros… Hay que trabajar mucho, eso sí. Quizá al venir de afuera metés un solo tema, pero el tema ahí quedó, para siempre.

-Temiste en algún momento ser eso, ¿un artista “one hit wonder” (de un solo hit)?

-No. La verdad que no. En el fondo tampoco tengo tan claro que es lo que convierte a una canción en popular. De hecho hay temas míos que me encantan y no fueron hit. Yo siento que antes tenías que armar un mito alrededor de tu música y mantenerte atado a él. Hoy no, hoy podés hacer literalmente cualquier cosa. Pasar de un estilo a otro sin problemas.

-¿Cómo te definirías hoy?

-Creo que soy un crooner moderno. Bah, moderno, ya tengo cuarenta y pico... Pero así me siento. Lo que define a un crooner para mí es una voz en primer plano, con una cierta impostación y una base que cambia, que puede pasar de la electrónica, al rock, al pop... Ya no necesitás una orquesta atrás y cantar baladas de los años 60. Te repito, ya no hay formulas para nada. Los millennials trajeron eso y es genial.

-Te amigaste rápidamente con esa idea…

-Es que yo siempre pensé de ese modo lo que pasa es que antes el sistema no te dejaba romper.  Muchas veces escuché la frase: “Pibe, eso no se puede hacer”. Y yo pensaba, ¿por qué no puedo cantar en inglés?, ¿por qué no puedo usar una base de reggaetón? Para mí si el tema está bueno, y te sale del alma, está todo bien.

-¿Te divierte hacer bailar?

-Sí, pero me interesa mucho más la emoción que el baile. Liberar, motivar, eso me gusta. Un DJ te hace bailar. Una banda es muy difícil. Puede hacerte bailar con una o dos canciones, pero no todo el tiempo.

 -¿Seguís viajando mucho al exterior?

-Sí, pero ahora me divierte más hacerlo en familia, mi hija Olivia tiene 17 y la de mi mujer (que también se llama Olivia), 16. Con ellas aprendo un montón.

-¿Su adolescencia te plantea muchos desafíos? Pienso en temas como drogas, alcohol…

-Sí, claro. Yo siempre fui muy cauteloso y medido respecto a la noche y sus excesos, y eso es lo que le trato de transmitirles a ellas. “Nunca se pasen, eso siempre se paga”, les digo. No sé cuánto caso me harán…

-¿Cuáles son tus pasiones fuera de la música?

-Muchas. Puedo pasar de mirar un buen partido de futbol, a salir a andar en skate, a comprar un instrumento o meterme a indagar en el mundo de las finanzas y la política. La comida también es una de mis pasiones.

-¿Cocinás?

-No, no tengo ese don. Me encantaría tenerlo pero soy más de salir a comer afuera. Es una de las pocas cosas que no está demasiado mediatizada por la tecnología. Hay que empilcharse y salir a comer, eso es genial.  Me gusta el sushi, la buena pasta. En Italia le dan mucha bola al ritual de la comida, el 50 por ciento de la vida pasa por ahí.

-Mencionaste recién la ropa y es evidente que tenés una gran conexión con el mundo de la moda, ¿cómo arrancó esa relación?

-En Italia, y por varios amigos que trabajaban en ese mundo. Gracias a ellos conocí a diseñadores como Domenico Dolce, Stefano Gabbana, Alexander McQueen… A la propia Carla Bruni, que no era diseñadora pero sí estaba muy vinculada al mundillo de la moda europea. A ella me la presentó Cesare Piacotti, un diseñador de zapatos que trabaja para toda las marcas top de allá.

-En esa época también te vinculaste con muchos músicos. Tengo entendido que jugabas al fútbol con Robbie Williams…

-Digamos que compartíamos la cancha, pero él jugaba realmente a otro deporte. Era casi profesional, había hecho inferiores en no sé dónde y te pintaba la cara. La tenía muy clara. De esos partidos participaban muchos músicos: el flaco de Toole, los de Beta Band, Jarvis Cocker, de Pulp… ¡Y Jovanotti! Que era malísimo pero tenía mucho carisma. Mucho.

-¿Te lamentás en algún punto haber vuelto a la Argentina?

-No, para nada. Además, tampoco siento que haya sido una vuelta definitiva. Hoy estoy feliz acá pero mañana quién sabe. Me interesa mantener una especie de desarraigo eterno, siento que me mantiene activo y despierto. -

“Veo cosas por Netflix, Youtube… ¡Entro a Instagram! La nueva televisión es esa: las redes sociales. Hoy pasa todo por ahí”.

“Yo siempre fui muy cauteloso y medido respecto a la noche y sus excesos, y eso es lo que trato de transmitirles a mis hijas. No sé cuánto caso me harán…”

 

 

El sombrerero loco

Lejos de ser su prenda fetiche, para Maxi los sombreros son apenas una “sana costumbre”. “Los empecé a usar de pibe, supongo que para parecer más alto y después me acostumbré a tener siempre uno a mano. De todos modos, fue recién en mi vuelta al país cuando los empecé a usar con regularidad. No tengo una gran colección, serán unos cien gorritos, que voy perdiendo, regalando…”, cuenta a la vez que niega ser un “shopaholic” (adicto a las compras). “Quizá de chico gastaba más plata en ropa, pero ahora no. Cada tanto en los viajes me compro algo pero soy muy recatado. Mi mujer también es así. Si bien se dedica al rubro (n de la R: es la directora de Espacio Buenos Aires, un instituto de moda, diseño y fotografía) su mejor plan nunca es ir de shopping. Digamos que nos gusta más mirar que consumir”, cierra.

 

 


 


 

 

 

Pablo Steinmann

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