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Liniers: “Por fin maté al monstruo de la timidez”

Cada vez más multifacético y "atrevido", se animó al rock y al stand up. En esta nota habla de todo: el escenario, sus fobias, el éxito y su nueva vida en la tierra de Donald Trump.

lunes 16 julio, 2018
José Tolomei CEDOC
José Tolomei CEDOC Foto:CEDOC

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La cita es en el corazón de Tribunales, zona que Ricardo Siri podría haber manejado al dedillo si hubiese seguido los deseos de su padre abogado. Pero estamos ante Liniers, segundo apellido y famoso seudónimo de este humorista gráfico que apenas pudo cambió los libros de Derecho por lápices, pinceles y hojas en blanco. Sus tiras diarias (desde Bonjour hasta la célebre Macanudo) lo consagraron en nuestro país y en el exterior, pero hace rato que este hombre decidió sacudir las viñetas y moverse para todos lados. Al escenario, en primer lugar, al comienzo junto a su amigo Kevin Johansen y ahora con su otro compinche (y también colega), el chileno Alberto Montt, con quien pergeñó un muy singular Stand Up Ilustrado. En el ínterin, creó su propio sello editorial (La Editorial Común) y se mudó junto a sus “cuatro mujeres” -su mujer Angie y sus hijas Matilda (10), Clementina (8) y Emma (4)- a Estados Unidos, país en el sigue dando clases (en la prestigiosa Dartmouth College) y en el que logró hacerse de un nombre gracias a sus libros, sus tapas para The New Yorker y a una serie de premios y reconocimientos que hace rato lo colocaron en la senda de los grandes de la historieta universal.

-Después de tantos shows, ferias y premios supongo que esa timidez de la que siempre hablaste es algo que quedó en el pasado, ¿o no?

-Sin exagerar, creo que lo mejor que hice en mi vida fue matar por fin al monstruo de la timidez. Durante mucho tiempo lo tuve agarrado a mi espalda y no me dejaba hacer nada. Hasta que me harté. En el fondo, la timidez no es más que una mezcla de ego con inseguridades varias, una especie de diálogo constante e interno que te quema la cabeza con la pregunta “¿qué van a decir de mí?”. ¡Y no importa qué dicen de vos! De pibe yo era muy tímido con las mujeres también. Tenía a la que me gustaba enfrente y no le podía decir ni “hola”.

-¿Con tu mujer fue así?

-Digamos que ahí tuve suerte porque ella era una extraterrestre como yo. Una nerd de los libros y las películas y pudimos conectar mucho por ese lado. En nuestras primeras citas nos peleábamos por Kafka y Hemingway. Y funcionó.

-En esto últimos años cambiaste muchas veces de registro. Las tiras, las entrevistas, las series web, los shows con Kevin, ahora con Montt… Pareciera que te cuesta estar quieto.

-Hace tiempo que descubrí que uno de mis principales motores es la sorpresa. Cuando hago un dibujo, una tapa de disco, una tira, lo que sea, lo que siempre termino buscando es ese elemento disruptivo que me dice: “Esto es raro, por acá va la cosa”. Y eso aplica para todo. En el caso de los shows se sumó además una incertidumbre muy atractiva. En ambos casos sentí que era mejor fracasar en público que dudar en privado. Con Kevin intuía que iba a ser algo lindo y disfrutable pero nunca imaginé que tanto. Con Alberto sucedió un poco lo mismo, de hecho tengo una relación parecida a la que tengo con Kevin, nos hicimos muy amigos de entrada. ¿Viste cuando conocés a alguien y enseguida decís: “¿por qué no está esta persona en mi vida?”.

-¿Le seguís teniendo, como dijiste alguna vez, “pánico el aburrimiento”?

-Sí, es mi enemigo interno. Si voy al banco y me olvido el libro me desespero, siento como si me estuviesen taladrando un diente. Por eso me cuesta mucho el yoga o la meditación. Enseguida me aburro y quiero poner música, moverme…

-¿Y no tuviste miedo de aburrirte en Estados Unidos? No te mudaste a Nueva York sino a una casa en medio de…

-(Interrumpe) ¡La nada total! Es cierto, no sólo nos fuimos a un pueblo como Norwich donde hay menos de 4 mil habitantes y la mitad del año está todo cubierto de nieve,  sino que además ¡elegimos una casa en las afueras! Lo primero que pensé cuando llegué fue: “se me va a romper un caño de agua y se me va a morir toda la familia ahogada”. Posta. Estoy lejísimo de ser Charles Ingalls, no tengo ni idea cómo talar un árbol o cazar un ciervo para comer… (ríe). Al comienzo tenía cierta angustia por todo esto, pero de a poco nos fuimos enamorando del lugar. Sobre todo gracias a las chicas que disfrutan muchísimo del entorno, de la naturaleza... Las tres están pasando por un momento muy mágico y lúdico en sus vidas, esa etapa en la que se forman los principales recuerdos de la niñez. Mientras el mío es cómo sufría para cruzar la 9 de julio, el de ellas será el ciervo que se quedó atrapado en el jardín...  Igual ambos están buenos, ¡eh!

-¿Qué fue lo más extraño que te pasó estando allá?

-Y…  por afano, que de repente estos psicópatas eligieron a Donald Trump como presidente. Estar allá el día de la elección fue muy  raro. En serio lo digo. La zona donde vivimos es súper demócrata, Vermont es incluso el Estado de Bernie Sanders (la alternativa démocrata de izquierda a la candidatura de Hillary Clinton en Estados Unidos), imaginate. Ese día nadie quería hablar con nadie, la sensación era de depresión generalizada. De bomba atómica. Con los días fueron soltándose un poco más y mucha gente hasta se nos largó a llorar comentando la elección. “Este no es mi país”, nos decían.  Fue un día muy raro y oscuro.

-Una traducción posible al inglés de “Macanudo” sería “Cool”. ¿Sos un tipo cool?

-No, para nada. Y tampoco soy macanudo. Debería haberle puesto otro nombre. Ya sé ¡Sexy! (ríe). La verdad es que cuando empecé a publicar esta tira estábamos en plena crisis del 2001, había pasado lo de las Torres Gemelas, se venía una nueva guerra y ahí me dije: “frente a todas estas pálidas, quiero que el diario esté obligado a incluir la palabrita macanudo todos los días. Es poco, sí, pero algo es algo”.

-¿Sos optimista?

-Sí, principalmente porque llevo una vida muy linda. En algún punto siento que tengo que hacerle honor a esa suerte y a ese privilegio. Cada tanto me pongo un poco más oscuro y hago una tira para España que se llama Odunacam (que es “Macanudo” leído al revés). Es como el Anticristo de Macanudo. Toda mi faceta trash y pesimista va por ahí.

-Además de Mafalda, siempre te confesaste gran admirador de Calvin y Hobbes, la tira de Bill Watterson, un tipo que se peleó muchísimo (y aún lo hace) con el negocio del merchandising. ¿Cómo manejas vos esa tensión entre lucro y arte?

-Con respecto al merchandising, lo cierto es que me han ofrecido de todo. Lo que te imagines, desde el producto más bizarro hasta diversas campañas políticas. En la gran mayoría de casos digo que no, pero cada tanto me gusta hacer cositas chiquitas, sobre todo junto a los chicos de Monoblock, que han creado objetos realmente muy lindos. Más allá de esto, creo que lo que hizo Bill Waterson es muy loable. Guardó a Calvin y Hobbes intocables, no hay nada más allá de las hojas de los libritos, ni película, ni juguetitos, ni nada. Dicho esto, lo cierto es que él con esos libros debe ganar millones de dólares al año. Creo que es un poco más fácil ser purista así.

-¿En serio creés que la cosa va por ahí?

-No, estoy chicaneando. Soy consciente de que podría haber sido multi millonario si aceptaba el merchandising. Como sí lo hizo (Charles) Shulz con Snoopy. Y la verdad es que ambos modelos me parecen válidos, sobre todo porque Shulz con gran parte de esa guita hizo mucha obra interesante. Escuelas, programas de estudios como el que yo participé, becas deportivas... Yo estoy un poco en el medio, no me gusta ver a Enriqueta o a Olga en cualquier lado pero cada tanto digo “esto es lindo, hagámoslo”.

-¿“Estar en el medio” es algo que te suele suceder a menudo? Pienso en la política y en la famosa “grieta”…

-Uff, verdad. Es todo un quilombo ese tema. La verdad es que la política me interesa mucho pero a su vez no me siento muy preparado para opinar sobre ella. O sobre modelos económicos, devaluación y tarifas, como veo a todo el mundo, incluido artistas, haciendo todo el tiempo. Recuerdo que una vez me preguntaron en una entrevista: “¿Qué te parece que hay que hacer con el nuevo código penal?” “¿Qué? -pensé- ¿Me lo está preguntado en serio? ¿Cree que desayuno leyendo códigos penales?” (ríe). En ese sentido, jamás diría públicamente “voten por tal o cual”. Los artistas, en general, no somos seres muy sacrificados por los demás, hacemos lo que nos gusta, nos va medianamente bien y punto. ¿Con qué autoridad le voy a decir a alguien por quién debe votar?

-¿Creés que hay límites para el humor?

-Es una pregunta compleja.  Los religiosos, por ejemplo, no suelen tener mucho sentido del humor. No los critico, pero juro que a mí no me saldría nunca ser así. No puedo encarar la vida sin humor. Para mi Dios, si es que existe, es un ser con un sentido del humor sublime. ¿Para qué va a inventar los pedos sino? Es impensable que alguien que creó ese sonido de trompeta saliendo por ahí no sea un tipo tremendamente gracioso… (risas).

-¿En algún momento te generó culpa  el hecho de ser exitoso?

-Sí, porque conozco a mucha gente muchísimo más talentosa que yo a la que no necesariamente le va bien.  Con una obra más sesuda y exigente con el lector. Quizá por eso no son tan populares. Pero la verdad es que yo no puedo hacer algo como lo que hizo Lucas Nine, que armó un comic sobre Borges “inspector de aves” (cargo que le dieron durante el primer peronismo) que es realmente increíble. Dicho todo esto, la verdad es que yo no hice Macanudo para hacer una tira simple y popular. Es la mejor tira que me salió. Y punto.

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