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Florencia Canale: “Me enamoré de todos los próceres sobre los que escribí”

Fue modelo, tapa de revista, grabó un disco y trabjó como periodista hasta que finalmente se convirtió en lo que tanto soñaba: ser escritora. La referente de la novela histórica romántica habla de sus viajes, el amor y su gusto por la matemática.

viernes 19 octubre, 2018
Florencia Canale
Florencia Canale Foto:Josë Tolomei

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Florencia conoce las vueltas de la vida. A los 18 años fue la chica del momento, se animó a grabar un disco y de golpe prefirió alejarse del show off y cultivar un perfil bajo. Se refugió en las letras -su verdadera pasión-, estudió dicha carrera universitaria y se dedicó al periodismo (fue redactora de la revista Noticias) hasta que un día tomó envión y lanzó su primera novela, Pasión y traición. El libro repasaba la historia de Remedios de Escalada de San Martín (de quien ella es descendiente de sexta generación). Consagrada como una de las más importantes referentes de la novela histórica romántica argentina, acaba de lanzar su último libro Salvaje, sobre la vida turbulenta de Justo José de Urquiza.

-¿Qué soñabas ser cuando eras chica?

-Escritora. Aprendí a leer a los 3 años y desde los 6 empecé a devorarme libros desatadamente. Luego empecé a jugar a que escribía mi primer libro en la máquina de escribir de mi abuelo, una novela decimonónica. ¡Una loca total! Lo que sucedía es que había leído Mujercitas, entonces me sentía una mezcla de Joe, la escritora, y de Beth, que es la que muere de tuberculosis. Siempre rodeada de drama (risas).

-¿Por qué creés que tardaste tanto en lograr el objetivo de ser escritora?

-(Risas). Seguramente para provocar la furia de mi familia. Hice de todo, pero dicen que siempre se vuelve al primer amor.

-En este camino laboral con tantos vericuetos, ¿abandonaste alguna vez la literatura?

-Nunca, siempre fui una lectora voraz. Estuviera dónde estuviese siempre tenía mi libro e incluso a veces lo usaba como un arma. Tal vez me gustaba también provocar, llevaba libros insólitos a lugares insólitos…

-¿Por ejemplo?

-La vida de Stalin a un desfile de modas (risas).

-¿Qué se contaba en tu familia sobre Remedios de Escalada?

-Mi abuelo tenía un libro de ella y me lo mostraba con una lupa. Me parecía un plomazo hasta que fui al colegio y me enteré de que esta tía plomo era una mujer súper importante. En la familia había como dos bandos: los que no la querían porque circulaba el chismerío de que era una loca por tener amoríos y los que la querían mucho. Mi abuelo paterno dedicaba bastante tiempo a hablarme sobre ella, no sé qué tenía planificado para mí (risas).

-¿Cómo te vinculaste con el trabajo de tu mamá, que era productora de moda?

-Bien, a partir de su trabajo me hicieron fotos desde muy chica. La moda, la producción, la decoración estuvieron siempre cerca de mí. Los que conocen la casa de mi madre e incluso la mía las elogian porque tenemos un ojo estético particular. Lo bello me hace bien.

-¿Qué te enseñó tu etapa de chica de tapa de las revistas?

-(Piensa). A ser independiente desde muy joven, a entender que la belleza puede ser un arma o una herramienta, no sólo para el que la posee, sino también para el de afuera. Desde chica entendí que la belleza movía el mundo, me enojé muchísimo y me pareció ruin. Por supuesto que es fascinante dejarse atravesar por la belleza, me gusta esa gente que se deja penetrar por ella, pero me parece que hay muchos conceptos más interesantes y primordiales. Es un mundo fatuo, efímero, vacío y hay que agregarle otros ingredientes para que resulte sustancioso.

-¿Imaginabas que ibas a escribir novela histórica-romántica?

-Nunca, pero cuando apareció Remedios -mi guía- me di cuenta de que siempre la historia me había interesado mucho. Me atrae el pasado. Cuando empecé a escribir encontré que me resultaba muy reconfortante por el ejercicio de la investigación, que me vinculaba con el periodismo del cual nunca me despedí. El género me rescató, me hizo encontrar el placer nuevamente.

-¿Tenés una rutina al momento de escribir?

-Intento ser metódica, pero a veces la realidad me aplasta. Hago investigación, busco material, leo y después me pongo a escribir de día. Me gusta el silencio de mi casa porque el afuera me distrae mucho. Por lo general, empiezo a hacer cuentas y después me paso a las letras.

-¿Cómo es eso?

-Comienzo a hacer fórmulas en un pizarrón como loca, cual especialista en álgebra con cantidad de carácteres, capítulos y demás, que por supuesto después nunca los cumplo, pero me estructura. En algún momento pensé en estudiar matemática, así que en eso despunto ese vicio de las cuentas.

-¿Cómo elegís a tus personajes? ¿Por qué está vez fue Urquiza?

-Terminé con Rosas y necesitaba sacármelo de encima, lo tenía muy adherido. Es imposible decirle que no a Urquiza, la leyenda de haber tenido tantas mujeres, de darle el apellido a tantos hijos bastardos para esa época me cautivó. Tuvo una vida deslumbrante, fue un hombre desmesurado, un salvaje.

-¿Te enamorás de los próceres sobre los que escribís?

-Perdidamente. Después me desenamoro porque viene el próximo. Con Urquiza me enganché mucho y eso que venía muy enamorada de Rosas. ¡Y logró sacármelo de la cabeza! Yo hubiera sido una de las de su harén.

-¿Cómo atravesás la ola femenina que estamos viviendo?

-He sido feminista desde que nací, crecí en una familia feminista e incluso tengo un padre feminista. Cuando salí al mundo me encontré con una realidad hostil. Siempre fui peleadora, provocadora y bravísima cuando a nadie se le ocurría, en los tiempos que se decía algo tan ridículo como: ´yo no soy feminista, soy femenina´. Este es un largo camino que hay que transitar, todavía hay mucha turbulencia con el tema, los hombres no saben muy bien dónde ubicarse y tal vez sea bueno entre todos empezar a mover estanterías y cimientos. Los trogloditas van a existir siempre y yo no peleo contra ellos porque es una lucha perdida.

-Como mujer de las letras, ¿qué te parece el lenguaje inclusivo?

-No lo uso, la gente que me rodea incluso los jóvenes tampoco lo utilizan, no me ofusca ni me pongo en una cruzada en contra. Lo escucho más como una broma para decorar un poco lo que uno está diciendo. No entro en esa pelea. La lengua es dinámica y capaz en 30 años este instalado, pero yo ya estaré muerta (risas).

-¿Qué te gusta hacer además de leer?

-Ir al cine, al teatro, me gusta el arte, viajar, caminar, comer… Soy bastante hedonista, me gustan los placeres.

-¿Cómo sos como viajera?

-(Piensa). En general elijo dos ciudades europeas adónde voy todos los años que son Londres y París. Visito mucho Nueva York, también, pero Europa me alimenta. Cuando vuelvo de allá me pongo a escribir inmediatamente. Algo sucede en esas ciudades para mí que aún no pude entender. Por los libros también viajé bastante para investigar: en Inglaterra estuve en Southampton donde vivió el exilio Rosas, en el pub donde escribía sus cartas, en la iglesia donde se casó Manuelita, visité Boulogne Sur Mer en Francia -lugar de residencia de San Martín-…

-Investigás sobre amores turbulentos, ¿fuiste una mujer de relaciones de ese tipo?

-No tanto como ellos (risas), pero soy una mujer apasionada. Soy fuego, indudablemente. Me gusta mucho el amor, enamorarme, que se enamoren de mí… Me gusta todo ese asunto súper difícil que es el amor.

-Cuando te inmiscuís en amores del siglo pasado, ¿sentís que, aunque pasen los siglos el amor sigue siendo indescifrable?

-Por supuesto que sí, aunque todo haya sido diferente. Antes había otro tipo de contrato de vínculos, menos amoroso y más conveniente. Me parece que a partir de la aparición del psicoanálisis en la sociedad ha habido un cambio, hemos intentado entender un poco más qué nos pasa con las emociones… Antes no se cuestionaba nada. Regía mucho más lo prohibido y cuando sucede eso la transgresión es bestial.

-¿Sos un bicho de diván?

-Claro que sí, desde hace muchos años.

-¿Qué encontrás en ese espacio?

-Un momento para reflexionar también sobre la escritura. Uno es lo que escribe, entonces me sirve como un laboratorio sobre mí misma. Creo en el psicoanálisis como una herramienta interesante. No cualquiera puede psicoanalizarse, hay que tener ganas de hundirse en las catacumbas oscuras de nuestro ser y hacerse cargo de la angustia. Me ha mejorado ostensiblemente la vida porque entiendo que las angustias van y vienen, que cuando estoy bien un rato, ya voy a estar mal y después pasará. Me amigué con mi angustia y eso es fundamental.

-¿Cómo te llevás con el paso del tiempo?

-Con el tiempo me llevo pésimo porque nunca me alcanza. Armo listas con pendientes y jamás completo la check list. En cambio, con el paso del tiempo tengo un buen vínculo. Es un tema que me interpela, pero no por el espejo, sino por cómo es la vida después de los 70. Si uno va a tener el cuerpo y las ganas necesarias para hacer lo que una quiera. La gente con más edad me parece bella, como Lauren Bacall, Helen Mirren, Judi Dench y mismo Mirtha Legrand… Están vivas, están preciosas, tienen ese brillo en los ojos que las muestra apasionadas… Me encantaría llegar de esa manera, quiero que el cuerpo esté disponible para lo que tenga ganas.

-¿Todavía pensás que podés dedicarte a otra cosa o serás escritora hasta el fin de los días?

-Creo que me quedo con la escritora, pero tal vez me interese explorar la dramaturgia o el guión, porque me han empezado a contactar haciendo ofrecimientos.

-Sacaste un disco también, ¿la música no es una opción?

-Me gusta mucha bailar, cantar, toco el piano, pero me encanta vincularla al disfrute, no para ser protagónica. Eso se dio una vez sola cuando era joven y díscola (risas).

Fernando Gomez Dossena

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